Llegó a su casa, sus hijos lo esperaban con abrazos temerosos pero sinceros, abrazos sedientos de màs atención, pues su padre no contaba con el tiempo suficiente para estar con ellos, más bien, no se hacía el tiempo ni tenía la voluntad. Su mujer, con un semblante de costumbre y una actitud de indiferencia le sirvió su platillo preferido en esa mesona vieja que la abuela paterna les había regalado -una mesa horrible por cierto- pero útil frente a la "crisis" que continuamente manifestaba Roberto a su familia para no darles más dinero de lo que supuestamente podía.
Comió sólo y tomó una siesta, haciendo tiempo a que se llegaran las 7 de la tarde y volver a su oficina a trabajar. Los niños mientras tanto, jugaban en silencio, con risas escondidas y aventuras que sólo ellos entendían; Fabiola -su madre- procuraba comunicarse con un amigo que conoció en el colegio de sus pequeños, quien había sido "amable" con ella y quería agradecerle.
Roberto se va a la hora indicada y, tras un beso vacio a su mujer, se despide de sus pequeños amenazando con no llegar a dormir. Fabiola no se nota sorprendida, sabe perfecto que desde aquél desdén de su marido con aquella muchachita de 20 años nada podría ser igual, ella en su interior, aceptaba que si seguían juntos era por el temor de causar un daño psicológico a MaryJose y Pablo, además que no era conveniente salir a buscar un empleo, "que él me mantenga, al cabo me engañó y está en deuda conmigo toda su maldita vida".
Característico de un mal de amores, Fabiola buscaba la revancha del engaño de su marido con una mujer más jóven que ella, más bella y con menos problemas, necesitaba, sin duda, de alguien que la hiciera sentir importante, deseada, querida y sobre todo olvidar por un momento el aliento de su hombre que cuando se le acercaba a besarla le hacía recordar los besos que le daba al cuerpo de "la innombrable"...
Sigo...